Plátanos futuristas

Plátanos futuristas

Las frutas son relojes suaves; miden las horas mientras maduran. En ocasiones, los pájaros se adelantan a probar los higos que el jardinero quería dejar más tiempo en el árbol. En otras, la fruta envejece sin ser tocada como un verso de Pellicer, donde “hay azules que se caen de morados”. No es fácil calcular si el calendario ya hizo su trabajo en las sandías y los expertos se las llevan al oído para escuchar el latido que sólo producen las cucurbitáceas.

Ciertas frutas son francamente veleidosas. El mamey es un modelo de temperamento confuso. Dos ejemplares de idéntica perfección ovoide pueden encerrar carnosidades del todo diferentes. Los vendedores suelen quitar una parte de la cáscara para mostrar la cárdena maravilla de la pulpa, pero esto acarrea un indudable inconveniente: al contacto con la intemperie, el mamey calado se contagia de realidad.

Pensé en esto el martes cuando encontré en el mercado un puesto donde los plátanos verdes se vendían con éxito descomunal. Mi infancia está asociada al olor del plátano maduro. En la lonchera que llevaba al kindergarten (decorada con una imagen del vaquero Roy Rogers), mi madre colocaba un plátano donde el negro ya le ganaba terreno al amarillo. Hasta la fecha, al oler esa fruta próxima a la podredumbre recuerdo los inciertos días de la infancia.

Los compradores que vi el martes mostraban un ánimo opuesto al de mi madre; desdeñaban la fruta en su punto y elegían plátanos del porvenir. “Para el lunes ya están amarillos”, prometía el vendedor. “Es que como no va a haber agua…”, comentó una compradora en forma enigmática.

Me pareció curioso que comprara plátanos con una semana de antelación. Le pregunté al respecto y dijo algo aún más misterioso: “Los compro verdes para verlos”.

Hay personas que sólo pueden contar algo dando rodeos. La mujer pertenecía a una sección de élite de esta categoría. Explicó que cada dos de noviembre pone un altar de muertos para sus padres y prepara tamal de cazuela para recordarlos, guardando una porción para cada uno de ellos. “Con lo del agua, eso se arruinó”, añadió en tono de obviedad.

¿Qué relación tenían los plátanos con sus difuntos? En vez de preguntar esto, dije: “¿Ya suspendieron el agua en su colonia?”. Respondió que el corte estaba programado para el miércoles: “Quería comprar cubetas pero ya se acabaron”, movió la cabeza en un gesto de decepción. Temí que se desviara hacia otro tema, pero volvió al Día de Muertos: “Sin agua no puedo cocinar”. “¿Y los plátanos?”, me atreví a decir. “¡Ahí está la cosa! ¿Le gusta cómo canta Javier Solís?”. Me declaré fan del charro cantor. Entonces ella dijo algo que desde que empezamos a hablar era lógico en su mente y poco a poco comenzó a serlo en la mía: “A mi papá le encantaba Fruta verde. Conoció a mi mamá cuando era muy chamaca y siempre le decía: ‘Sabor de fruta verde/ de fruta que se muerde/ y deja un agridulce de perversidad./ Boquita de chavala, boquita que reza/ pero que si besa, se vuelve mala mala’. La letra es bien coscolina, ya lo sé, pero mi mamá la oía risa y risa. Mi papá se robó a mi mamá cuando ella no llegaba a los dieciséis y viera lo felices que fueron. A ella le encantaba que le dijera así: ‘mala mala’. Sin agua, nomás no puedo cocinar para mis muertos. Voy a poner esta penca en el altar”.

Mientras hablábamos, más personas llegaron a comprar plátanos verdes. Detrás de cada compra debía haber una historia.

En forma peculiar, la demanda de frutas “aplazadas” tenía que ver con el corte de agua en el Sistema Cutzamala que afectaría a 3 millones 840 mil 148 personas en trece alcaldías de la ciudad. La exactitud de la cifra la volvía casi irreal y parecía invalidar la posibilidad de que alguien se mudara con un pariente que sí tenía agua.

La inminente sequía me llevó a recordar los cinco días aciagos del calendario azteca en que la vida habitual suspendía su curso. Íbamos a padecer las jornadas “sobrantes” que los fundadores de la ciudad incluyeron en su conteo del tiempo.

“Los plátanos son contagiosos; hay que tener cuidado con ellos”, dijo la mujer al despedirse: “Cuando maduran, también maduran las frutas que tienen junto”.

Comprar fruta verde equivalía a comprar una esperanza, un modo de sobreponerse a la ciudad donde el presente sólo era un pretexto para que llegara el porvenir.

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Fuente: Plátanos futuristas