‘Me asustó mucho el recibimiento con gas’

‘Me asustó mucho el recibimiento con gas’

Aunque asegura que está acostumbrado a la sensación de asfixia que generan las bombas de gas porque en su país, al vivir en un barrio peligroso, “ese tipo de cosas a nosotros ya no nos hace”, Eyer Mauricio Mancillas, de 31 años, nunca había experimentado tal terror como cuando intentaba atravesar a nado el río entre Guatemala y México.

Recuerda que el pasado 28 de octubre logró atravesar la frontera cerrada con su hijo Ezequiel, de 6 años, en brazos y resistiendo el terror a la sensación de asfixia que generan el gas lacrimógeno. “Estuve en el puente y fui testigo. No se abrieron fronteras, siempre estuvieron cerradas. Me asusté mucho del recibimiento que nos dieron porque con mi hijo en brazos tiraron la bomba de gas lacrimógeno”, dijo Eyer.

Mientras mira a su hijo jugar en la resbaladilla del parque localizado dentro del albergue para migrantes en el estadio Jesús Martínez Palillo, Eyer asegura que su fe en Dios lo llevará a cruzar como indocumentado la frontera con Estados Unidos. “Lo que hice como padre fue agarrar a mi hijo, subírmelo a mis hombros y sacarlo rápido. Es muy difícil, va pensando uno que tal vez será su último día”, recuerda.

Eyer salió de San Pedro Sula, Honduras, cuando se inició el éxodo humano. Viene “agotado, cansado”, pero con muchas ganas de salir adelante. Su sueño, que comparte con su hijo Ezequiel con quien camina tomado de la mano, es llegar a Houston, Texas, donde tiene amigos que le pueden ayudar para continuar su camino.

Aunque tiene carrera como técnico en telefonía y telecomunicaciones, y otra como técnico mecánico de maquilas, su salario no le alcanzaba para mantener a su hijo. “Yo lo que he visto de mis vecinos y otros familiares que viven en Estados Unidos, es que se van de su país porque en Honduras jamás van a tener una oportunidad. En Honduras no pasa uno de comer lo mismo todos los días: arroz con frijoles, que es la comida tradicional”.

“En mi mochila traigo un pantalón para mí y otro para mi hijo y dos playeras para cada uno. Nada más. ¿Dinero? No traemos dinero. Gracias a Dios que la gente en Guatemala y México han sido bondadosas con nosotros: nos regalan monedas, comida, víveres. Al igual que en los albergues donde nos hemos quedado”, aseguró.

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