Lejos de casa

Lejos de casa

Hay una gran diferencia entre quienes desean migrar y aquellos que lo hacen por necesidad. Los primeros encaran su lejanía como parte del enriquecimiento que buscaban dar a sus vidas; los otros, como parte de la condena a la que injustamente se han hecho acreedores. En ambos casos hay añoranzas, pero, para quienes son obligados por el hambre o la violencia a abandonar sus hogares, los espacios para la alegría son sumamente reducidos.

Esta semana estuve en Chile y me sorprende la gran cantidad de venezolanos que han llegado hasta el país austral, la mayor parte de ellos por la vía terrestre. Son miles de kilómetros que se prolongan entre más al sur tengan que dirigirse en busca de mejores condiciones de vida que aquellas que les ofrece su patria. Algunos culpan de su tragedia a la oposición mientras que otros más reniegan de Maduro y al chavismo; ambos tienen razón porque ha sido la ambición desmedida de poder de unos y de otros lo que tiene hundida a aquella nación. Pero, eso no es lo importante: lo humanamente desgarrador es observar la vulnerabilidad propia del que ha sido despojado de su terruño.

Nosotros en México somos testigos, quizás indiferentes, del paso de tantos migrantes procedentes, sobre todo, de Honduras y Nicaragua. También huyen de la miseria y de la violencia existente en sus naciones. Pero, para la mayoría, nuestra patria es sólo parte del camino hacia los Estados Unidos. Por un lado, no se quieren quedar en México porque tienen de fijo la idea, como también muchos de nosotros la podemos tener, de que la nación norteamericana es un paraíso terrenal lleno de oportunidades. Pero, además, está el tema de los abusos que algunos connacionales cometen en contra de los migrantes centroamericanos.

Allí hay una gran diferencia entre la manera en que se está viviendo el fenómeno en Chile con respecto a los venezolanos y la forma en que lo vivimos en México. En la nación austral la acogida a los venezolanos es de gran cordialidad. No afirmo que no existan los abusos, pero, al menos lo que me cuentan los migrantes con los que tuve ocasión de conversar, habían sido recibidos bastante bien; lo que se observaba, además, porque se encuentran laborando junto con los chilenos, sobre todo, en negocios del sector servicios.

La razón, me explicaban los chilenos, es que Chile mismo tuvo una gran migración en épocas de la dictadura de Pinochet. Por eso, ahora que les toca acoger a los venezolanos lo hacen pensando en lo que ellos sufrieron en su momento. Y es que dictadura es dictadura sin importar si es de derecha o de izquierda, como corrupción es corrupción y violencia es violencia, más allá de las ideologías.

Ojalá y no tengamos que aprender a ser buenos anfitriones a partir de nuestro propio sufrimiento. Sería muy bueno que escarmentáramos en cabeza ajena. Pero, sería mejor que no tuviéramos nada que aprender, sino que nos fuera humanamente natural comprender lo duro que, para quienes huyen de sus monstruos, es estar lejos de casa.

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Fuente: Lejos de casa